Hace exactamente 25 años, el mundo fue testigo de los atentados del 11 de septiembre que conmocionaron a la comunidad internacional. En ese contexto, Al Qaeda se consolidó como una amenaza terrorista de alcance global, pero las investigaciones y análisis posteriores revelan un cambio estructural profundo en su forma de operar.
Actualmente, el grupo ya no funciona como una entidad centralizada y monolítica. La evidencia indica que la organización se ha fragmentado significativamente, perdiendo a sus principales líderes históricos. Esta disolución del núcleo central ha obligado al movimiento a adaptar su estrategia para mantener su influencia en el escenario internacional.
Para subsistir y expandir su alcance sin una estructura jerárquica fuerte, Al Qaeda ha extendido su poder mediante la creación y el apoyo de grupos regionales. Estas filiales locales permiten que la ideología del grupo se mantenga viva en diversas zonas del mundo, aunque con una capacidad operativa distinta a la que poseía hace dos décadas.